jueves, 24 de diciembre de 2015

La crisis ecológica actual

Por: LUIS EMILIO TÉLLEZ CONTRERAS

Este intento de llevar la lógica de la racionalidad económica a la lenta racionalidad del funcionamiento ecológico ha producido en realidad lo contrario. Ha puesto las condiciones para que la administración ecológica de los recursos se guíe por la apresurada producción para la competencia en el mercado. Por ello ahora el objetivo de las energías alternas no es salvar la vida humana en el planeta, sino ser capaces de competir con la industria de los hidrocarburos para que pueda ser un negocio rentable.

El tipo de luchas que se dan en el ámbito ecológico a veces son tan variadas y con contornos tan poco precisos que cuesta trabajo ver la vinculación que tienen entre si. Sabemos que tienen que ver, y mucho, cuando identificamos que las raíces de sus problemas son comunes. En este sentido, sorprendería a algunos doctos ecologistas saber, por ejemplo, que la lucha por la disminución de las horas de trabajo y la repartición de este es una demanda más ecológica que la protección de ballenas en el Pacífico, pues ha sido el aumento de la productividad del trabajo un pilar esencial del “progreso destructivo” que posibilita el impacto negativo sobre toda la naturaleza. Esto no significa que sólo cierto tipo de luchas se deben dar o son más importantes que otras, pero nos da una dimensión de lo poco claro que pueden ser los límites de las luchas ecológicas.

Por otro lado, no debemos simplemente atender los problemas con el fetichismo de la propaganda y enunciar los grandes retos con grandes soluciones mágicas, por ello es fundamental que cada lucha por la conservación desarrolle su combate lo mejor que pueda y sobre todo que la haga triunfar dentro de sus marcos, sin que ello signifique pensar que el problema simplemente está resuelto, pues las condiciones planetarias no garantizan la solución de las demandas de prácticamente nadie, y frente a ello la necesidad de convertir cada lucha ecológica local o regional por una lucha con perspectivas globales que abonen a extender a otras regiones la defensa de la naturaleza.

Es decir, la socialización democrática de la toma de decisiones sobre lo que se hace en las áreas naturales sería el garante de la conservación, enlazada a un decidido proceso de cambio a una racionalidad ambiental y a garantizar un manejo y conocimiento profundo de la naturaleza (científico y no científico[5]). A este proceso que podemos llamar autogestión, no es solamente producto de la voluntad de algún grupo voluntario que desee comprometerse con el cuidado de algún espacio natural, sino que será cada vez más una necesidad de las poblaciones que se enfrenta con la destrucción acelerada de los recursos naturales. 

Es decir, ante la tendencia de privatización de los recursos y el manejo estos por un grupo cada vez más pequeño de expertos, será necesario que la administración colectiva se asiente como una alternativa frente al panorama terrorífico de la escases absoluta al que se dirige la dinámica de la apropiación privada y producción capitalista.